Depresión: una enfermedad silenciosa que requiere escucha, empatía y atención oportuna

La depresión es una enfermedad frecuente pero grave, que interfiere de manera directa en la vida cotidiana, afectando la capacidad de trabajar, estudiar, dormir, alimentarse y disfrutar de la vida. Se trata de un trastorno de origen multifactorial, donde confluyen factores genéticos, biológicos, ambientales y psicológicos, y que requiere abordaje profesional y acompañamiento sostenido.
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📲 Click AQUÍ Este martes se conmemora el Día Mundial de Lucha contra la Depresión, una fecha que busca visibilizar la problemática y promover la detección temprana, especialmente en adolescentes, un grupo etario particularmente vulnerable. Los especialistas coinciden en la necesidad de escuchar sin prejuicios, mirar esta etapa con mayor empatía y fortalecer el trabajo conjunto entre familias, escuelas y el sistema de salud, ya que con apoyo adecuado, la recuperación es posible.
Depresión en la adolescencia: no es tristeza pasajera
Durante la adolescencia, los cambios emocionales son habituales, pero cuando el malestar es profundo, persistente y sostenido en el tiempo, no se trata de “cosas de la edad”, sino de depresión, y debe ser abordada con la misma seriedad que cualquier otra enfermedad.
Estudios clínicos indican que la depresión puede afectar entre el 3,4 % y el 5 % de los adolescentes, aunque se estima que la cifra real podría ser mayor, ya que muchos jóvenes no logran expresar lo que sienten o no piden ayuda por miedo, vergüenza o incomprensión, lo que retrasa el diagnóstico y prolonga el sufrimiento.
En esta etapa, la depresión no siempre se manifiesta como tristeza evidente. Puede presentarse como irritabilidad constante, enojo, aislamiento social, bajo rendimiento escolar, cambios en el sueño o la alimentación, quejas físicas frecuentes o abandono de actividades que antes resultaban placenteras. El dolor emocional está presente, aun cuando no se verbalice.
Para quienes la atraviesan, incluso las tareas más simples pueden volverse abrumadoras. Levantarse de la cama, concentrarse o mantener una conversación puede sentirse como un esfuerzo extremo. No es falta de voluntad, sino una enfermedad compleja, influenciada por factores biológicos, emocionales, familiares y sociales.
La presión académica, la autoexigencia, la comparación constante en redes sociales, el bullying, los conflictos familiares o las pérdidas afectivas pueden actuar como desencadenantes. En este contexto, la detección temprana resulta clave, y la escuela suele ser uno de los primeros espacios donde aparecen las señales de alerta. El trabajo articulado con la familia aumenta las posibilidades de intervenir a tiempo.
La consulta médica es otro pilar fundamental. El primer contacto suele darse con el pediatra o médico de atención primaria, quien evalúa los síntomas y, de ser necesario, deriva a salud mental. Los tratamientos con mayor evidencia incluyen psicoterapia y, en algunos casos, medicación indicada por profesionales especializados. La recuperación no es inmediata, pero es posible con continuidad, acompañamiento y sostén.
Depresión en adultos mayores: una condición subdiagnosticada
En la vejez, la depresión continúa siendo frecuentemente subdiagnosticada, en gran parte porque sus síntomas suelen presentarse de forma atípica. En muchas personas mayores, el cuadro se expresa a través de dolor crónico, fatiga, alteraciones del sueño, cambios en el apetito o malestar físico persistente, que a menudo se interpretan erróneamente como parte normal del envejecimiento.
Esta mirada puede ocultar la presencia de un trastorno depresivo y retrasar el acceso a tratamientos eficaces. Sin embargo, los especialistas remarcan que la depresión no es una consecuencia natural de envejecer, sino una condición médica tratable. Cuando se reconoce y se aborda de manera adecuada, es posible reducir los síntomas, mejorar la función cognitiva, acompañar enfermedades físicas y favorecer una mejor calidad de vida.
La detección temprana y la evaluación integral facilitan el diagnóstico, mejoran la adherencia al tratamiento y fortalecen el acompañamiento tanto de la persona mayor como de su red de apoyo.
Soledad, duelos y acompañamiento emocional
La soledad y el aislamiento social cumplen un rol central en el desarrollo y mantenimiento de síntomas depresivos en adultos mayores. La soledad se vive como una experiencia subjetiva de desconexión emocional, mientras que el aislamiento implica la falta objetiva de vínculos o interacciones. Ambos impactan de manera profunda en la salud mental.
La falta de estímulos sociales, de apoyo afectivo y de acompañamiento cotidiano puede generar tristeza, desesperanza y desmotivación. A esto se suman las pérdidas, los duelos y los cambios de rutina propios de esta etapa, que afectan el bienestar emocional.
En la vejez, no solo se duelan personas queridas, sino también el cuerpo, la autonomía, los roles sociales y los proyectos de vida. Estos procesos requieren un entorno que acompañe, valide y ayude a resignificar. Una mirada comprensiva y un abordaje profesional permiten habilitar nuevas formas de dar sentido a la vida y fortalecer los vínculos, incluso en contextos de adversidad.
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