SAN NICOLÁS

Homilía del obispo Mons. Hugo Santiago en el 43° aniversario de María del Rosario de San Nicolás

“Madre, tu mirada nos sostiene”

Hoy celebramos a María del Rosario de San Nicolás con el lema: “Madre, tu mirada nos sostiene”. Como un adagio popular dice que “los ojos son las ventanas del alma”, a través de los ojos de María queremos entrar en su alma pura y limpia concebida sin pecado original, porque en Ella se cumple el final de la ley, de la que éramos esclavos y el comienzo de la vida animada por el Espíritu Santo que nos ha hecho libres.

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Los profetas del Antiguo Testamento, Jeremías y Ezequiel descubren por inspiración de Dios que el corazón del hombre está enfermo desde el pecado original, eso le impide cumplir los mandamientos y por tanto, el Pueblo de Dios no puede constituir una nación donde reine la justicia, la honestidad, la solidaridad; donde se le dé prioridad a la dignidad de la persona y a la promoción de los más pobres y desvalidos. Por eso la ley del Antiguo Testamento es pedagoga en dos sentidos: indica el camino de la salvación y la impotencia humana para seguirlo, debido a que el corazón del hombre está enfermo.

Por eso Jeremías y Ezequiel profetizan que Dios derramará su Espíritu en el hombre, arrancará su corazón de piedra y les dará un corazón de carne capaz de amar. La ley ya no será un precepto externo sino un impulso interior; esa realidad liberadora recién se cumplirá con Cristo, pero María es la primera creatura en tener esa gracia.

María, al nacer sin pecado original, no tiene esta enfermedad ni sufre la esclavitud del pecado, su corazón sano movido por el Espíritu Santo, siente la ley de Dios como una tendencia interior. Por eso, veamos la diferencia entre Ella y nosotros para entender mejor de qué manera la mirada de María nos sostiene:

Mientras María, al ser concebida sin pecado original, tiene una inteligencia luminosa, atraída por toda la verdad a la que busca con toda su mente; nuestra inteligencia, en cambio nace con la oscuridad que le dio el pecado original y, por eso, ignora muchas verdades y toma conciencia de las cosas con dificultad y lentitud. Por esa oscuridad, mucha gente gestiona su vida como si fuera la dueña y no habría nadie a quien rendirle cuentas de su obrar. Desde el bautismo en el cual Dios nos regala un corazón nuevo y un espíritu nuevo también nosotros podemos tener, como María una inteligencia luminosa atraída por todo lo que es verdadero, descubrir al Creador, agradecerle por la vida, la salud y asumir la misión que nos encomienda en esta vida.

Mientras María tiene una voluntad buena, atraída por el bien, nosotros, por el pecado, nacemos con una mala voluntad que incluso llega a complacerse en lo malo; no obstante, por la gracia del bautismo que sana nuestro corazón enfermo, podemos llegar a tener la voluntad buena de María y buscar, como Ella, todo lo bueno con toda nuestra voluntad.

Mientras María tiene un corazón bello, atraído por la belleza personal y la belleza de Dios, a las cuales busca con todo su corazón; nosotros tenemos un corazón al cual el pecado ha distorsionado el sentido de lo bello, mezclándolo con la vanidad y la sensualidad; no obstante, con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús nos regaló en el bautismo, nosotros también podemos ser personas bellas interiormente, buscadores de la auténtica belleza. (la modelo y el modelo).

Mientras que nuestra persona tiene grietas entre lo que decimos, amamos y hacemos, de modo que a veces decimos cosas que no hacemos; hacemos cosas sin amor u obramos impulsivamente sin pensar; la persona de María no tiene grietas; piensa lo bueno, ama hacerlo y lo concreta con un gesto; como, por ejemplo, cuando piensa en ayudar a su prima Isabel en su embarazo, ama hacerlo y recorre el camino necesario para concretarlo. Por nuestro bautismo y un proceso de conversión, nosotros también podemos pensar lo bueno, amarlo y concretarlo, sintiendo con alegría cómo la gracia nos va devolviendo la integridad, la coherencia entre lo que decimos y hacemos.

Por todo esto María nos sostiene con su mirada; media eficazmente de modo que la gracia de su Hijo nos rescate de la oscuridad de nuestra mente, la mala voluntad y el corazón malo, para regalarnos una inteligencia luminosa, buena voluntad y atracción por la verdadera belleza que está en Cristo y su Evangelio, regalándonos el gozo de la integridad y la coherencia de vida al servicio de Dios y de los hermanos.

Esta es la raíz de un cambio no sólo personal sino social:

El Papa san Pablo VI lo decía: “No habrá cambio social si no cambian los corazones de quienes animan ese cambio.” Por eso, en esta Eucaristía rezamos a María por todos, pero especialmente por los que tenemos responsabilidades: padres, maestros, sacerdotes, políticos, gremialistas, empresarios, comerciantes, dirigentes de todo tipo; en fin, por todos aquellos a los cuales Dios nos ha confiado personas para que nos hagamos cargo de ellos con amor y responsabilidad, y como quiere el Papa León XIV que pronto nos visitará, juntos trabajemos por la dignidad humana y la paz social, desarmando las palabras de toda violencia y agresión, reemplazándolas por gestos que construyan, animen y unan.

En el mismo sentido, constatando que la gente está cansada de palabras que no se concretan, por eso suele pegar portazos sociales, recordamos otro dicho sabio del Papa san Pablo VI en relación a la necesidad de que alcancemos una vida íntegra: “El mundo de hoy, escucha más a los testigos que a los maestros, y si escucha a los maestros es porque son testigos”; es decir, la gente escucha a mujeres y hombres cuya vida es coherente con lo que dicen.

María, la mujer de inteligencia luminosa, voluntad buena y corazón bello; la mujer íntegra que no tiene grietas en su persona; la mujer que no conoció la ambigüedad en su vida, nos anima, y con su mirada nos sostiene, diciéndonos: “por la gracia de mi Hijo Jesucristo ustedes también pueden lograrlo; cambiando ustedes puede cambiar el mundo donde viven y construir la Civilización del amor.

¡Viva nuestra Madre que nos sostiene con su mirada”!

¡Viva la mujer de inteligencia luminosa, buena voluntad y corazón bello!

¡Viva María del Rosario de San Nicolás!

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