INTERÉS GENERAL

El calentamiento global altera el patrón de las lluvias y vuelve más impredecible el clima

Un nuevo estudio científico confirmó que el calentamiento global no solo modifica la cantidad de lluvias, sino también su distribución, frecuencia e intensidad, generando escenarios climáticos cada vez más irregulares e imprevisibles. La investigación se apoya en registros fósiles y geológicos del pasado profundo, que permiten comprender cómo respondió el sistema climático de la Tierra ante episodios de calor extremo.

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El trabajo, publicado recientemente en la revista Nature Geoscience, analizó períodos de temperaturas muy superiores a las actuales y ofrece advertencias clave sobre los riesgos climáticos futuros, especialmente para la agricultura y la estabilidad de los ecosistemas.

Qué ocurrió con las lluvias durante el calor extremo del pasado

Los investigadores estudiaron el comportamiento de las precipitaciones durante el Paleógeno temprano, un período que se desarrolló entre 66 y 47,8 millones de años atrás. En ese contexto, el planeta atravesó uno de los momentos más cálidos de su historia: el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (PETM), cuando las temperaturas superaban en hasta 18 °C los niveles preindustriales.

Según el estudio, las regiones polares se volvieron húmedas, incluso con características monzónicas, mientras que los interiores continentales de latitudes medias y bajas sufrieron condiciones de aridez, interrumpidas por episodios de lluvias intensas y violentas.

Este comportamiento contradice el modelo tradicional que sostiene que, con el calentamiento global, “las zonas húmedas serán más húmedas y las secas, más secas”. Por el contrario, los autores señalan que la aridez y la humedad no estuvieron ligadas a los promedios anuales de lluvia, sino a cambios en la distribución estacional e interanual, como temporadas de lluvias más cortas y períodos más largos sin precipitaciones.

Qué revelan fósiles y sedimentos sobre las precipitaciones

Dado que no existen mediciones directas de lluvias de hace decenas de millones de años, el equipo utilizó indicadores climáticos indirectos, conocidos como proxies. Para ello, combinaron fósiles de plantas, suelos antiguos y sedimentos fluviales, lo que permitió estimar no solo cuánta agua caía, sino cómo lo hacía.

Las hojas fosilizadas aportaron información clave sobre el clima, ya que su forma y tamaño permiten inferir niveles de temperatura y humedad. A su vez, la estructura de antiguos cauces de ríos reveló la intensidad de las precipitaciones, mostrando señales de lluvias fuertes y concentradas, seguidas por largos períodos de sequía.

Los científicos remarcan que estas lluvias intermitentes generan impactos ambientales severos, incluso cuando el total anual de agua no cambia de manera significativa.

Modelos climáticos en revisión

El estudio también lanza una advertencia sobre el presente: los modelos climáticos actuales podrían estar subestimando la irregularidad futura de las lluvias. Las evidencias del pasado sugieren que el principal problema no será cuánto llueva en el año, sino cuándo y cómo lo hará.

Según los investigadores, las estrategias actuales para gestionar el agua, proteger la producción agrícola y planificar infraestructuras podrían fallar si no contemplan escenarios con tormentas intensas concentradas en cortos períodos, separadas por largas sequías.

La conclusión es clara: en un planeta más cálido, la confiabilidad y la distribución temporal de las precipitaciones serán más determinantes que los promedios anuales. Entender esta dinámica será clave para adaptarse al cambio climático y reducir sus impactos sobre los ecosistemas y las sociedades humanas.

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